EL CONGO INGOBERNABLE

Xavier Aldekoa

TAM-TAM. TAM-TAM. TAM-TAM. El eco se propagó durante siglos. A lo largo de la historia, el son de la madera hueca resonó por encima del rumor de la corriente y los aullidos de la selva. De día y de noche, miles de tonos graves y agudos sobrevolaron el cauce plateado del río y sus recovecos espumosos con un objetivo: acortar las distancias en el territorio más excesivo de África, un vergel inexpugnable, trufado de minerales y surcado por ríos ensortijados. Era el sonido del idioma de la selva: cada poblado a las orillas del Congo contaba con un tambor de hendidura, una suerte de gong tallado en un tronco vaciado con varios agujeros, que permitía transmitir mensajes a lo largo de grandes extensiones. No se trataba de un lenguaje plano. Cuando alguien fallecía, se realizaba una cacería excepcional, se propagaba una epidemia o se iba a producir una visita inesperada, los lugareños hacían resonar el tambor para, en apenas unas horas, llevar un mensaje sofisticado y detallado a aldeas situadas a varios kilómetros. El receptor, a su vez, repetía el mensaje, que volvía a volar hacia las profundidades de la selva y se extendía río abajo. Pese a que no desarrollaron la escritura, los pueblos del África central idearon un lenguaje mejor adaptado a la frondosidad del terreno, sin apenas vías de comunicación terrestres: el langage tambouriné. Los exploradores del siglo xix tardaron en comprender la importancia de aquel idioma del tambor. Cuando los primeros blancos se adentraron en el Congo y navegaron río abajo se quedaron asombrados al comprobar que los pueblos a sus orillas estaban al corriente de su llegada y se habían preparado para recibirles, a menudo con las lanzas y flechas afiladas. Al descubrir el motivo, los europeos ningunearon el invento, al que llamaron despectivamente «el telégrafo de la selva». Erraron por casi una era de distancia: el langage tambouriné se había inventado más de mil años antes que el código morse.

 

Imatges: © Pere Llobera

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