HUMO ROJO

Olga Merino

ACOMÓDESE EL LECTOR en su butaca para el viaje que proponen estas líneas, acompañándolo, si lo desea, de una banda sonora acorde. Hete aquí un par de sugerencias para escuchar a un volumen moderado, puesto que las melodías, trenzadas de viento y metal, se crecen bastante: la Danza del sable, de Aram Jachaturián, y la pieza Red Square Review, del compositor y pianista británico Sidney Torch. ¡Viajeros, al tren! Partimos arrastrados por una locomotora que escupe vaharadas de humo rojo.

Por su inmensidad, por sus confines inhóspitos y helados, Rusia, su historia y su literatura están atravesadas por infinitud de caminos de hierro desde la hora más temprana. El pobre Antón Chéjov, a quien la muerte por tuberculosis sorprendió en la Selva Negra, en el balneario de Badenweiler (1904), tuvo que regresar a Moscú (su cadáver) metido en un vagón refrigerado que transportaba ostras. A su vez, Nikolái Nekrásov dibujó la construcción de la vía férrea sobre los huesos tronchados de los campesinos en el poema El ferrocarril (1864). Y Aleksándr Solzhenitsin, cuando volvió del exilio norteamericano (1994), quiso hacerlo por la puerta trasera del Pacífico, por Vladivostok, y desde allí atravesó en tren el corazón entero de la Madre Rusia para reencontrarse con su pueblo. Convoyes que van, convoyes que vienen, raíles imprescindibles en las tramas de grandes novelas, como Anna Karénina (Tolstói), Doctor Zhivago (Pasternak) o El idiota (Dostoyevski) y, sin embargo, el más surrealista de los viajes ferroviarios, el que hizo Lenin desde Suiza hasta la capital del imperio ruso, en los albores de la Revolución de los Sóviets, ha pasado de puntillas, a la sordina, como una anécdota prescindible de la historia, cuando en verdad su realización trastocó el curso de los acontecimientos. 

 

Imatges:  © James G. Howes, 1998 / Wikimedia Commons


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