MEMORIAS DEL ORIENT-EXPRESS

Mauricio Wiesenthal

LOS VIEJOS TRENES DE LUJO, aquellos hoteles rodantes en los que vivimos nuestras primeras aventuras viajeras, han ido desapareciendo de Europa. Se fueron arrastrados por las guerras y las prisas, por las burocracias y por la irremisible decadencia de los gustos y valores que constituían la base de nuestra cultura europea.            
«La inmortalidad comienza en la frontera», decía Alejandro Dumas. Y, para nosotros, los viejos europeos, la inmortalidad comenzaba en el misterioso compartimento de un tren: a la luz de los picos de gas (más tarde las lámparas eléctricas con sus pantallas blancas y rosas), entre los paneles de roble y nogal que olían a cera fresca; cómodamente sentados en los sillones de terciopelo y con la cabeza apoyada en un macassar que llevaba bordadas las iniciales de Wagons-Lits.                
Los vagones restaurante del Orient-Express tenían nombres románticos (Voiture Chinoise, L’Étoile du Nord, Lalique Pullman) según su estilo, ya estuviesen decorados con paneles de laca china o japonesa, con marqueterías modernistas o con vidrios art déco. Guardo algunas cartas antiguas del restaurante, con un menú que ofrecía ostras, rodaballo en salsa verde, silla de corzo, filete de buey con pommes château, crema bávara con chocolate, trufas al champagne y pastelería vienesa, todo en la mejor escuela de Escoffier. Si uno continuaba el viaje en el Taurus Express hasta Irak, en un trayecto inolvidable por los reinos de Las mil y una noches, podía elegir en una carta más sencilla pero igualmente apetitosa: consomé de ave, lubina con mayonesa, filete de buey Richelieu, helado con crema de vainilla y quesos, siempre en el estricto respeto de la dieta musulmana.

                                              

Imatges:  © Estefanía Aragüés


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