NO TIENE MÁS QUE DECIR. ELENO DE CÉSPEDES: LA LIBERTAD DE UN CUERPO CUESTIONADO

Txus Garcia

«Dice que no tiene más que decir, no sabe qué decir y lo que ha hecho, tiene ya dicho y contestado».

Céspedes opta por el silencio obstinado que refrenda sus numerosas declaraciones previas. Está ya tan exhausto y colmado de impotencia tras las incontables y perversas preguntas, que desea que acontezca lo irremediable: una condena del Tribunal de la Inquisición de Toledo que le libere, al fin, de la espera y las conjuras.

Tiene poco más de cuarenta años, pero en estos últimos tres de reclusión y brutales interrogatorios por parte de tribunales civiles y religiosos, su apariencia imponente se ha marchitado. Siendo probado por los peritos que es hembra de nombre Elena, le han obligado a vestir una saya deslucida y a dejar crecer su cabellera, apretando con una cinta carmesí sus mechones sucios y opacos. Han desestimado su alegación basada en una involuntaria diversidad biológica que le alejaría de la acusación de hechicera y le eximiría de haber cometido crímenes nefandos y apostasía: «Porque yo con pacto expreso e tácito de demonio, nunca me fingí hombre para casarme con muger como se me pretende imputar [...] porque yo naturalmente e sido hombre y muger y aunque esto sea cosa prodigiosa y rara, que pocas veces se ve, pero no son contra naturaleza los hermafroditos como yo lo he sido».

Las denuncias y acusaciones difamatorias han desdeñado brutalmente la legítima voluntad de Céspedes de adecuarse a su género sentido, para trabajar libremente, disfrutar de compañía y vivir sin escándalos ni sospechas. Sabe que poco puede añadir para defenderse de los graves cargos que se le imputan: instigada por el demonio, ha intentado cerrar su natura de mujer, creando artificios ante médicos y testigos para emular un miembro de varón «que es ficción y embuste». Ha usurpado vestiduras, usos y prerrogativas masculinas. Se ha dedicado a oficios impropios de su sexo (sastre, mozo de labranza, pastor, soldado y cirujano). Burladora, ha incurrido en sodomía con muchas mujeres ayudándose de un baldés. «Añadiendo delito a delito», ha violado conscientemente la moral y las normas sacramentales casándose en Yepes con la doncella que corrompió él mismo con un «instrumento tieso y liso». Piensa en ella y no sabe cómo ni dónde imaginarla, en qué estado se encuentra o si al prenderla la habrán matado a garrotazos, como pasó con una convecina a la que acusaron de cometer actos contra natura. Qué no daría por un abrazo, por reposar su cabeza entre los pechos cálidos de María del Caño.

Imatges:  © Ria Brodell


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